Entras en la
habitación y tomas asiento en ese sofá. La luz es tenue, se escucha una música
suave, ligeramente electrónica, acogedora al principio, algo incitante después.
Sigues esperando y han
pasado algunos minutos. Esa espera da espacio para darte cuenta de los nervios
que te provoca estar allí, sientes tu respiración agitarse, te recorre un leve
temblor en tus piernas.
Por fin escuchas mi
voz, grave, baja, casi susurrante. Te pido que no te levantes, que por favor
cierres tus ojos, que relajes tu cuello y te dejes llevar.
Me acerco lentamente, por
detrás de ti y con la punta de mis dedos recorro tu cuello muy suavemente.
Lento, bajo con mi índice avanzando hacia tu pecho. Siento la suavidad de tu
blusa por unos instantes, hasta que decido liberar el primer botón. Ese
movimiento te sobresalta y se escapa un sutil suspiro. Sigue otro botón y luego
otro más. Me gusta dibujar con mi dedo, el borde de tu ropa interior sobre tu
pecho.
Te miro y sigues aun
con tus ojos cerrados, tu respiración agitada hace que tu pecho se mueva.
Imagino tus nervios provocándote cosquillas en tu estómago, intentando adivinar
cuál será el siguiente paso.
Mi corazón palpita
agitado también. Siento en mí los efectos de la situación, de verte así por
primera vez; de verte recostada sobre ese sofá, entregada a las sensaciones; de
ver tu blusa descubriendo tu pecho; de ver como tu piernas adquieren ese
movimiento involuntario producto de tus nervios, de tu adrenalina, de tu deseo;
de ver como ese movimiento hace que tu falda suba y me permita ver tus hermosas
piernas.
Acaricio un instante
tu pecho, por encima de tu lencería, sintiendo como bajo esa tela tu cuerpo se
eriza, sintiendo en mi mano la temperatura que fluye por tus venas. Eso es
realmente excitante. No resisto la tentación, una de mis manos se desliza por debajo de tu
sostén y logro por fin apreciar con mi piel la suavidad de tu pecho. Esta
sorpresa hace que se escape un leve gemido en ti.
Retiro mi mano, pues
quiero seguir explorando tu piel, descubrir tu sensibilidad. Retomo el camino
bajando con mis dos manos por tu vientre, palpando cada poro de tu piel,
sintiendo esa tibieza incitante. Sin detenerme paso por sobre tu falda hasta
tocar tus piernas. Al sentir el contacto de mi piel en tus muslos, instintivamente
las juntas, como temiendo una avalancha de placer infinito, como presintiendo
el descontrol de las sensaciones, como sintiendo el vértigo de la entrega. Mi
mano derecha acaricia suave tu muslo derecho, y mi mano izquierda hace lo mismo
con tu otra pierna. Esa suavidad de mis caricias te tranquiliza un poco y
lentamente relajas tus piernas dejándote conducir por mis manos, separando un
poco una de la otra.
Estoy acariciando tus
piernas, bajando hasta tus tobillos, subiendo por tus pantorrillas, luego tus
muslos; me arrodillo frente a ti, con una mano subo tu falda hasta tus caderas,
dejándome ver la combinación perfecta de formas entre tu piel, tu cuerpo, tu
sexo y tu ropa interior. Con mi otra mano sigo recorriendo el interior de tus
muslos, hasta que me atrevo a ir un poco más allá, poniendo mi mano entre tus
piernas sin quitar aun la prenda que te cubre.
Al sentir mi mano
entre tus piernas lanzas un gemido, seguido de un suspiro. Mi corazón palpita
agitadamente también, mi respiración se entrecorta, me siento como en una
escena irreal. Ese instante, por un segundo, parece como soñado: por fin
tenerte, por fin sentirte así.
Vuelvo a la realidad y
me excito aún más al sentir tu ropa húmeda, incapaz de contener el calor de tu
cuerpo. Siento por encima cada detalle de tu sexo y tú sientes cada movimiento
de mi mano que busca el lugar donde producirte más sensaciones. No resisto más,
con mi otra mano intento quitarte esa prenda de lencería que separa tu placer
de mi piel, pero tu tomas mi mano y me detienes. Repentinamente me invade el
temor de haber hecho algo mal, el temor de que ese momento haya llegado a su
fin, el temor de haberte llevado a una situación que no querías.
Pero abres tus ojos,
levantas tu cabeza, me miras y me sonríes. Eso me tranquiliza. Dejas mi mano
sobre tu pierna y sin dejar de mirarme tomas tu pequeña braga y lentamente te
la quitas; luego subes aún más tu falda y separas tus piernas, vuelves a cerrar
los ojos y vuelves a recostar tu cabeza hacia atrás.
Sin salir de mi estupor,
comprendo por fin tu invitación y me acerco a tus piernas con mi boca, besando
inicialmente tus rodillas, sintiendo la suavidad de tu piel con mi rostro. Voy
poco a poco avanzando con mis labios por la cara interna de tus muslos,
percibiendo el temblor de tu cuerpo y aumentando cada vez más excitación en mí…
seguiré avanzando, solo si tú quieres.


El poder de una sonrisa...
ResponderEliminarSaludos, Marqués.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarPues ya veremos que sorpresa trae este eterno devenir...
ResponderEliminar